LA NOCHEBUENA DEL BOMBERO
A Pablo y a todos los bomberos españoles
Como cada día, la pequeña dotación de bomberos de guardia se había preparado la cena, aunque esta noche con algunos lujos: consomé calentito, unos entremeses de langostinos, gambas y croquetas, y como plato más fuerte, perdices estofadas que Sergio trajo de La Mancha. Una vez terminada la cena, mientras tomaban mazapanes y turrón, los bomberos de guardia llamaron por teléfono a sus familias respectivas para desearles una feliz Navidad. Pero él no se limitó a esa llamada. Estaba viendo, por video conferencia, a sus dos hijos delante de Laura, su esposa y los padres de esta, cómo entonaban los pequeños, malamente, el tradicional villancico “beben y beben los peces en el río”. En ese momento sonaron las alarmas y hubo que cortar todas las llamadas. Rápidamente completaron sus equipos: verdugo y casco en la cabeza, traje U-2 ignífugo, comunicaciones sobre el pecho, botas y guantes. El aviso indicaba un incendio de interior. Por tanto, completaron todo con el E. R. A. (equipo de respiración autónomo) y la máscara.
Mientras se dirigían
en el camión hacia un poblado de chabolas en las afueras, donde se había
iniciado un incendio, intercambiaron información con la central. Desde allí les
informaron de que ya se habían puesto en marcha los medios sanitarios pertinentes
y la ubicación del incendio en las afueras.
A esa hora de la
noche, cuando las familias estarían aún celebrando en sus casas el comienzo de
la Santa Navidad, las calles de la ciudad aparecían desiertas. Por eso, el
camión no precisó usar la sirena sino solo las luces azules y estroboscópicas.
Dentro del camión, los cinco bomberos, silenciosos, solo dialogaban cada cual
con su propio silencio. El recordaba aquella noche durante la pandemia, cuando
tuvieron que acudir a un edificio de cierto barrio obrero porque un hombre
amenazaba con suicidarse. O en Paiporta, los esfuerzos y la pena por sacar a
una anciana de entre los escombros de su piso.
Los bomberos
llegaron a un descampado al mismo tiempo que una ambulancia. Todos se pusieron
manos a la obra frente a aquellas cinco chabolas donde la del centro ya estaba
prácticamente derruida por las llamas, que habían pasado a las dos vecinas.
El y sus cuatro
compañeros se aprestaron con las mangueras a sofocar los incendios. De pronto,
escuchó llorar a un bebé en la chabola más extrema y corrió hasta la puerta,
que abrió con una sola patada. Detrás de él venía una mujer con bata blanca,
tal vez doctora. Irrumpieron en la única habitación, que hacía las veces de
cocina, cuarto de estar y dormitorio. También hacía de cuadra pues en un
rincón, un burro miraba con mansedumbre a su alrededor. Sobre un jergón, una
mujer yacía, al parecer, exhausta, abrigada con una humilde manta. A su lado,
un hombre sentado sobre un cajón, mecía a un bebé liado en una manta. Por su
aspecto y vestimenta, no parecían españoles, pero sí muy jóvenes. No había
nadie más en la chabola.
Las luces del fuego
iluminaban el interior con resplandores anaranjados e intermitentes. El bebé, que
ya se tranquilizaba en los brazos de su padre, recibía más luz que nadie. Una
luz que no era la rojiza del exterior. Una luz nueva blanca, como la de un
amanecer prometedor que, al mismo
tiempo, parecía emanar del propio niño.





precioso relato de trasposición del portal de Belén a la realidad cotidiana de los marginados, los que sufren. En medio de ellos, brilla la luz del hijo de Dios, como un foco de esperanza. Feliz Navidad y ojalá seamos capaces todos de ver en el otro, independientemente de su condición considerada deleznable, como un hijo de Dios, como una persona, cargada de dignidad.
ResponderEliminarLa Navidad es así, siempre transversal y sorprendente, inesperada y redentora. Muchas gracias por tu comentario.
EliminarGracias por este relato. Ha sido una muestra de la realidad que tenemos cada Navidad pero cada día también. El contraste en este mundo es difícil de evitar. Da rabia tener un Norte y Sur en cada esquina de esta vida.
ResponderEliminarGracias de nuevo
Querido José María muchas gracias. Ahora que los fariseos expulsan a los más pobres, qué necesario es este relato para abrir los ojos a los pobres de corazón. Un abrazo grande y feliz Navidad
ResponderEliminarMuchas gracias, querido Chema. Feliz Navidad, y mis mejores deseos para este nuevo año que entra. Un fuerte abrazo.
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