MEMENTO MORI: LA CALAVERA
El siglo XVII, o por mejor decir, el Barroco, fue tiempo de grandes contrastes. Si bien comedias, carnavales, festejos de toros, celebraciones religiosas, cortesanas y populares de todo tipo muestran una actitud optimista, la crisis política y económica, así como la religión extendida por el Concilio de Trento, ofrecen una visión pesimista del futuro tanto en lo personal como en lo social. El desengaño salta a la vista. La vida es sueño tituló Calderón a su obra más emblemática. Las esculturas, más aún las imágenes religiosas, plasman el dolor, la angustia, la pasión, el desasosiego el sufrimiento. La pintura, igualmente, retrata el desengaño, lo efímero de la vida, la certeza de la muerte. Las famosas pinturas de Valdés Leal, que se conservan en el Hospital de la Caridad de Sevilla, con el esqueleto como protagonista, son el ejemplo paradigmático que pulula en las enciclopedias de arte. También el teatro, en dramas y tragedias, incluyó a la muerte como final inexorable, lamentable, del hombre. Quizá la escena más famosa del teatro universal sea aquella del Hamlet de Shakespeare, cuando el príncipe danés toma la calavera del bufón Yorick y recuerda cómo fue en vida, para sentenciar: “Ser o no ser. Esa es la cuestión”.
Antonio de
Pereda, nacido en Valladolid (1611-1678), biográficamente ocupa casi todo el
siglo XVII. Fue un pintor apreciado en la Corte y, actualmente, sus cuadros se
conservan en museos de España, Alemania, Italia, etc. Muy frecuentemente usa la calavera en sus
óleos, como presencia inexorable para el hombre. El uso de la calavera en
cuadros barrocos compone una modalidad llamada vanitas (vanidad). En el lienzo que contemplamos, la calavera
parece observar, vigilar el sueño del caballero que es como se llama el cuadro,
conservado en el Museo de Bellas Artes de Madrid. La calavera es la coprotagonista
del lienzo.
Entre los
más de 1.500 sonetos que firmó Lope, se encuentra este que traemos, en su obra Rimas sacras (1614). Han ocurrido
luctuosos momentos en la vida del Fénix de los Ingenios. Durante julio del año
anterior murió de tercianas su amadísimo hijo Carlos Félix y dos meses más
tarde fallecía de sobreparto su segunda esposa, la abnegada Juana Guardo. El
poeta sufre crisis de misticismo, decide ordenarse sacerdote y así acontece
meses antes de editar las Rimas. El
libro refleja dolor y pesimismo.
El tema del
soneto es una reflexión al recordar la belleza física y moral de una joven ante
lo que hoy es su mísera calavera. El desengaño frente a la caducidad de la
belleza, del poder, del dinero, de la vida, fue uno de los tópicos preferidos
de artistas y escritores barrocos, tras la exultante invitación al goce
corporal del Renacimiento. De nada sirve la hermosura cuando llega la guadaña
igualadora de la muerte: toda belleza por grande que sea, se transformará
"en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada", según el célebre
verso de Góngora.
La estructura externa del soneto es
completamente clásica en muchos aspectos formales. Uno de ellos es la
distribución temática en dos partes: cuartetos y tercetos. Belleza física en
los primeros y armonía espiritual en los segundos. El último terceto explica y
recoge el tema.
Desde el título, casi una concisa
dedicatoria, el lector queda centrado en el objeto, no por lo que es ahora (calavera) sino por lo que fue (cabeza), reducida a sobrecogedores
huesos. Brutal contraste entre el ayer y el hoy.
Lope arranca el poema con el demostrativo esta, modo de apertura que los autores
españoles del Siglo de Oro adoptaron de los clásicos latinos: ("Hoc quodcumque vides..."), y de los
italianos ("Questa ch'a l'asta
in mano..."), que llegaría a usarse por nuestros poetas del XVI ("Esta desnuda playa...), incluso a
abusarse retorciéndolo con hipérbaton en los del XVII ("Estas que me dictó rimas
sonoras...", Góngora). Y Cervantes, en el prólogo a sus Novelas
ejemplares: se presentaba así: “Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de
cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva”,
etc.
La lectura
de los cuartetos deja en el ánimo una sensación de grave estatismo por su
léxico verbal: tener, estar preso,
detener, estar, imprimir, entretener..., efecto opuesto al que dan palabras
dinámicas de los tercetos, como movimiento
y cometa al viento. También una bella
oposición, entre los ojos fascinados de los admiradores y los ojos de la joven
en vida, causantes del hechizo.
La
descripción de los rasgos del rostro femenino era laboratorio donde fabricar
ingeniosísimas metáforas. Aquí, Lope evita esa tentación por la seriedad del
asunto y recurre a algo tan manido como llamar rosa a la boca y esmeraldas
a los ojos. En cambio, de los cabellos -que se prestaban al oro o al azabache-,
ni una palabra. ¿Por qué ese aparente descuido? Sencillamente, porque al poeta
lo que más le impresiona de la calavera son sus HUECOS: carencias de la boca,
de las órbitas oculares, del cráneo que albergó cerebro tan equilibrado. La
mención de esos vacíos sigue un orden ascendente: boca-ojos-cráneo; una jerarquización minuciosa donde cada órgano,
cada potencia, es aislado, señalado por el adverbio aquí (cuatro veces en principio de verso).
Aparecen tres
signos arcaicos: el apócope destos,
usual entonces; quien en singular
para un antecedente plural (carne y
cabellos), pues aún no se había implantado el plural quienes. Según la psicología del XVI, estimativa era la facultad del alma que juzga el aprecio de las
cosas. Hoy equivaldría al "sentido común".
El último terceto comienza con un epifonema de
gran valor expresivo, pues hermosura
es recurrente con arquitectura (v. 2)
y centro a su vez de otras simetrías colindantes respecto a los dos primeros
versos: mortal=estos huesos, cometa al
viento=cabeza. Aunque en los autores barrocos era lugar común el viento
(=tiempo) como devastador de lo hermoso, se usaba más la flor como metáfora de
la belleza efímera. De ahí lo plástico y original de cometa.
Los dos versos últimos son un logro feliz: desprecian, gusanos, aposento. Si,
cuando viva la arquitectura de esta
muchacha hospedó en sus cavidades boca, ojos y cerebro espléndidos, hoy los
gusanos no quieren hospedarse allí. De lo más valioso y eminente (alta presunción)
a lo más rastrero y subterráneo (morada de orugas). Un cierre tan macabro se
justifica teniendo presente que esa muchacha, a la que todo lo bueno le
sobraba, era centro de atracción. Los admiradores bullían en su torno. Hoy, que
hasta los gusanos la rehuyen, está sola. Como el título anunció: una calavera.
Sin más.
(Y aquí os dejo, con el entierro del propio Lope pasando delante del convento de las Trinitarias Descazas, de Madrid, donde su hija, Sor Marcela de San Félix, era monja profesa de clausura. Es un lienzo de Ignacio Suárez-Llanos (18830-1881), propiedad del Museo del Prado, de Madrid)





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