EXTRAÑOS EN JERUSALÉN

                                              Para Ramón Loureiro, rey mago de la palabra                                                             




 

El monarca apenas prestaba atención a las cajas de especias, frascos de perfumes y pebeteros que el esclavo de Baldassare extendía ante él, como un cuidadoso mercader en el zoco de Tombuctú. En cambio, mientras se acariciaba la barba, Herodes escuchó atentamente la traducción que su intérprete hizo de las palabras del viajero etíope:

-      - Señor: Mi nombre es Baldassare, vengo del reino de Saba y somos descendientes de la famosa reina cuyo amor con Salomón dio como fruto a nuestro linaje. Por tanto, a pesar de nuestra piel quemada, somos parientes. Hace muchos meses dejé mi tierra al observar una nueva y poderosa estrella que me ha conducido hasta aquí. Soy astrónomo en la corte de mi país y os aseguro que jamás vi un prodigio tal en los cielos. Consultadas las tablillas de mi archivo, comprobé que anunciaban el nacimiento de un nuevo soberano en Judea y vengo a rendirle pleitesía en nombre de mi pueblo. 



   Herodes hizo señal con la mano al segundo de los tres visitantes para que tomara la palabra y su discurso fue traducido igualmente por el intérprete:

-            - Mi nombre es Kasbar, seguidor de las doctrinas de Zoroastro y como tal, creo en la venida de un Mesías que salvará a su pueblo de la opresión. Vengo desde Persia, pequeño reino a muchas lunas de esta gran ciudad porque he constatado que una estrella poderosa me guía hasta aquí. Los libros de Isaías y Malaquías avalan el nacimiento de un gobernante espiritual de Judea y me pregunto si no será alguno de vuestros hijos, que continuaría la gran labor que habéis emprendido ampliando el nuevo Templo y construyendo hermosas ciudades y puertos.  Os ruego que aceptéis el presente de esta alfombra en lana y seda de mi país. 



   Herodes ordenó con un gesto a uno de sus esclavos que tomara ese tapiz de diminutos dibujos y lo pusiera a buen recaudo, mientras acudían a su mente Antipas y Agripa como posibles sucesores suyos en calidad de Mesías de aquel pueblo que él gobernaba con mano dura. Enarcó las cejas escéptico. No les veía cualidades morales para salvar a nadie de nada. 



   A un nuevo gesto del monarca, tomó la palabra el hombre robusto de la túnica y el manto blancos, expresándose en un latín que Herodes comprendía perfectamente:

-            - Salve, Herodes. Mi nombre es Meltchor, soy ciudadano del imperio y mi familia es oriunda de la provincia hispana tarraconense. Trabajo en la administración del César Octavio Augusto, en Roma. Ciertos augures imperiales han adivinado que un niño ha nacido en este reino y que podría ser proclamado rey de Judea pasados unos años. Varios senadores me han dado los medios para venir y comprobar dos cosas: cómo se está realizando el empadronamiento ordenado por el emperador, pues corre prisa elaborar un censo, y hasta qué punto se han cumplido esos vaticinios inquietantes. Nosotros tres hemos coincidido en el mismo caravasar y aquí estamos dispuestos a escuchar vuestro consejo. Aceptad este cofre de joyas como muestra de gratitud. 





   Depositó su presente en el suelo y a un gesto de Herodes, fue retirado por el esclavo.

-           - Muchas gracias por vuestros obsequios y por vuestra visita, pero os comunico que durante este año, dijo pausadamente Herodes mirándolos de uno en uno a los ojos, Yavé no nos ha bendecido en mi familia con el nacimiento de ningún niño. Vuestro viaje ha podido ser en balde. 

   Baldassare volvió a tomar la palabra:

-            - Las tablillas y papiros en mi país no hablaban de Jerusalén sino de un pueblo pequeño llamado Belén, señor.

   El rey soltó una carcajada y exclamó:

-            - ¿Belén? Pero si es una aldea insignificante a una jornada de aquí. Es cierto que allí nació mi antepasado el rey David, en una familia de pastores y llegó a ser un rey admirable. Me temo que vuestras profecías os han llegado con retraso. De cualquier modo, no quiero impediros vuestro viaje cargado de buenas intenciones. Ya que estáis dispuestos a conocer a ese futuro gobernante, id a Belén y volved para informarme. Así podré ir yo también a conocer a este niño que tanta gloria dará a nuestro pueblo. Podéis retiraros.

   Al salir del palacio, Baldassare hizo que los rostros de sus dos compañeros se arrimaran al suyo y les susurró:

-            - Escuchadme bien. Las palabras tranquilizadoras de Herodes desmentían el nerviosismo de sus manos. Si encontramos al niño, su vida peligra. Por tanto, vayamos a Belén siguiendo la estrella que nos ha conducido hasta aquí pero, después, evitemos regresar a la capital. Nos despediremos allí mismo, tomando caminos distintos y así dejamos tres pistas diferentes.

   Kasbar y Meltchor asintieron con las cabezas sin despegar los labios. Y cada uno se dirigió a su cabalgadura, dispuestos los tres a llegar a la aldea a la puesta del sol con la estrella como guía. 



Comentarios

  1. Bonita recreación del encuentro de los Magos con Herodes, el rey y muy adecuada para la víspera de la Epifanía, en la que Jesús, niño, se muestra a todos los pueblos de la tierra. Me ha gustado mucho que Melchor sea paisano de mi marido que, como sabes, nació en Tarragona

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