LA SEÑORITA DE TREVÉLEZ
Cuando Carlos Arniches estrena La señorita de Trevélez (1916), en el Teatro Lara de Madrid, ya goza de una gran popularidad gracias a comedias y sainetes, muchos de ellos escritos en colaboración con otros autores, obras cuyos diálogos recogen y recrean el habla y los comportamientos del pueblo, especialmente el madrileño. Decir “sainete” ya era decir el nombre de nuestro autor: un género cómico breve que arrancó en los Pasos de Lope de Rueda y, pasando por Don Ramón de la Cruz, llegó hasta los hermanos Quintero y el propio Arniches. Pero se trataba de un género con normas muy estrictas dejando escaso margen a la innovación. Carlos Arniches era un renovador (así lo reconocía Ramón Pérez de Ayala) y abre nuevos caminos con La señorita de Trevélez. Ya no pretende hacer reír sino reflexionar, muy en la línea regeneracionista en la que él se sitúa. Su “tragedia grotesca” supone un nuevo capítulo en su creación, que enlaza con tendencias de la vanguardia teatral de su tiempo, sin abandonar el género cómico que le garantizaba el aplauso del público. Por ello, Arniches se sitúa entre la lista de los renovadores teatrales de su época y su “tragedia grotesca” le presenta como precedente del esperpento de Valle-Inclán.
La protagonista, o más bien la víctima, es Flora de Trevélez, una mujer que permanece soltera, cuidada y acompañada por su hermano Gonzalo desde la lejana juventud. Ambos viven desahogadamente frente al casino de la ciudad pero encerrados en una realidad falsa por caduca: ella, en su universo de cursilería y remilgos y él, siguiéndole la corriente con su ampulosa forma de hablar y sus gestos desmesurados, como armadura de defensa de su hermana. Flora representa bien al tipo de “solterona” que ve pasar la vida sin que ningún varón la convierta en esposa y madre. No hay aspirantes y si los llega a haber, desaparecen sin dejar rastro. Lo veremos años más tarde en Doña Rosita la soltera, de García Lorca, en La venda en los ojos, de López Rubio o en La vieja señorita del Paraíso, de Antonio Gala, por citar algunos títulos.
Un grupo de jóvenes holgazanes, asiduos al casino y que tienen formado el “Guasa-Club” para gastar bromas a los demás, decide urdir una broma pesada a Flora: aprovechando que uno de ellos, el timorato Numeriano Galán gusta de coquetear con Solita, la doncella de los Trevélez, hacen llegar a Flora una falsa carta de este pidiéndole relaciones. A partir de ahí, se desarrolla una trama de petición de mano y de perspectivas de boda cuya verdad descarnada se descubre en un final dramático que pudo llegar a trágico. Un final de escarmiento “pedagógico”.
A los jóvenes bullangueros del “Guasa-Club” no se les conoce ninguna ocupación ni estudio ni trabajo. Seguramente son hijos de los caciques locales, personajes suficientemente satirizados por los autores del 98, especialmente en la obra poética de Antonio Machado. Curiosamente, la obra comienza en la biblioteca del casino de Villanea, lugar “desierto como el Sahara”. Estos gamberros eligen siempre a sus víctimas entre personas psicológicamente débiles, que ellos consideran “ridículas”, merecedoras de recibir un castigo como lección. En este caso, su víctima es una mujer. Para ellos, la mujer es algo que se puede jugar a una apuesta (Don Juan Tenorio muy oportunamente traído al principio de esta versión) pero actúan en “manada”, grupo donde ocultar sus propias carencias. Y de rebote, víctimas colaterales serán el hermano de Flora y el pobre falso pretendiente.
En varias declaraciones, Juan Carlos Pérez de la Fuente ha
expresado que cuando lo nombran al frente de un teatro público (Centro
Dramático Nacional, Teatro Español y, ahora, Teatro Fernán Gómez), gusta que la
primera obra dirigida por él sirva como indicativo de por dónde irá su
trayectoria, una especie de tarjeta de presentación. Decidido a ofrecer al
público ese riquísimo repertorio del XIX y del XX, poniéndolo al día, ha
elegido una obra de enorme actualidad en tiempos de maltrato, violencia, acoso
contra la mujer según vemos casi a diario en los medios y en los tribunales.
Para llevar a cabo este espectáculo, Pérez de la Fuente se ha rodeado de un equipo brillante que funciona como un reloj. Ignacio García May lleva a cabo una adaptación perfecta, como veterano que es en este tipo de colaboración, y quien indica que la obra va “de una sociedad donde la diversión consiste en hacer daño a los demás y sentarse luego a mirar como si fuera un espectáculo”. Despoja lo innecesario dejando todo lo esencial de su lenguaje y su contenido. Para la selección de actores, se ha realizado una innovación que no puede pasar desapercibida en un teatro público: un “casting” por el que pasaron más de 1.500 candidatos. Sorprende positivamente Daniel Diges (Numeriano Galán), que nos tenía más acostumbrados al teatro músical. Daniel Albaladejo (Gonzalo de Trevélez) dotando de fuerza y sentimiento a su papel. Silvia de Pé encarna a una Flora frágil, redicha, sin caer en la caricatura y el ridículo. Críspulo Cabezas (Tito Guiloya), vibrante, seguro, brilla en su papel de líder de la “manada. Todos están perfectos.
Pérez de la Fuente ha dirigido este montaje como el director
de una orquesta aborda una partitura donde están las notas repartidas en clave
de sol (la melodía) y en clave de fa (el acompañamiento). Por un lado, claridad;
por otro, sombras. Por una parte, ilusión y, por otra, desencanto. Y en esos
contrastes, percibimos al mejor Arniches: al del antihéroe, el de los infelices
burlados.
Pérez de la Fuente (así lo han resaltado bastantes críticos),
ha realizado una de sus mejores direcciones escénicas y tal parece pues,
salvando todas las dificultades, dirige a un numeroso elenco logrando que el
espectáculo funcione con la perfección de un reloj y resulte profundo,
estético, sentimental, divertido, versátil, solemne… todo a la vez durante dos
horas sin que decaiga el interés del espectador.
Las especiales condiciones del escenario (amplísimo y con más
hombros que altura), se han resuelto gracias al diseño de Ana Garay, quien ha
logrado crear espacios muy diversos con eficacia y rapidez. Un aplauso especial
para la escenografía, subrayada por una iluminación de José Manuel Guerra,
adecuada a cada escena. Muy conseguido el vestuario de Almudena Rodríguez
Huertas. Otros asesores: de esgrima, de
billar, de espacio escénico, convierten el espectáculo en algo muy dinámico,
trepidante.
Un cartel absolutamente recomendable.
(Fotografías en color de Antonio Castro)






Comentarios
Publicar un comentario