QUEVEDO ÍNTIMO

                                                                           
                                                                   



 

Entre las obras de Francisco de Quevedo, el Epistolario tal vez sea la menos conocida. Según mis noticias, solo la famosa edición de Luis Astrana Marín -que tengo en mi poder-, es la única disponible y a la venta por Internet. Quizá una inteligente selección de sus cartas nos acercaría a la persona, a los temas y al estilo del gran autor. Para conocer bien al hombre, al metafísico senequista, al orfebre inigualable de la prosa castellana, al sarcástico testigo de una sociedad corrompida, hay que mirarlo entre los renglones de sus soledades epistolares. Pedro Salinas, en El defensor de la carta, afirmaba: “El primer beneficio, la primera claridad de una carta, es para el que la escribe, y él es el primer enterado de lo que quiere decir por ser él el primero a quien se lo dice. Surge de entre los renglones su propio reflejo, el doble inequívoco de un momento de su vida interior”.

   El redactor de una carta es como un Narciso involuntario. “Cuántas veces -prosigue Salinas-, se han dejado caer pensamientos en un papel, como lágrimas por las mejillas, por puro desahogo del ánimo, enderezados más que al destinatario al consuelo del autor mismo”. En bastantes ocasiones, Quevedo va más allá de la mera correspondencia. En una frase, en un adjetivo, puede retratar a una persona, un sentimiento o una situación, como buen escritor conceptista que fue. Si no buscaba hacer literatura con sus misivas, muchas de ellas resultan piezas de la mejor prosa. Le sucede como a su contemporánea madame de Sevigné: que lo incidental se convierte en permanente. 

                                                    


   Para nuestros usos actuales donde el mensaje es casi un telegrama y la carta sobre papel ha sido sustituida por el correo electrónico, que desaparece pulsando solo un botón (con la pérdida informativa que esto supone a los investigadores), resulta llamativa la importancia que la carta tuvo hasta la llegada de la informática. El género epistolar tuvo una enorme circulación en el Siglo de Oro. Lope de Vega escribe al duque de Sessa, a sus amantes, a sus seguidores (para que indirectamente lo lea su enemigo Góngora, quien por otra parte hace lo mismo). Se cruzan elogios y ataques entre carta firmada y carta anónima. Las comedias que se aplaudían en los corrales están llenas de misivas entre amantes, enviadas a través de criados y hasta en el propio Buscón de Quevedo encontramos la famosa carta de pésame que el protagonista recibe por parte de su tío el verdugo.

   El Epistolario de Quevedo fue publicado por Luis Astrana Marín en edición crítica de 1946. La tarea no fue sencilla pues incluye las publicadas por investigadores anteriores (rechazando las apócrifas), las halladas en numerosos archivos, bibliotecas y museos, logrando un conjunto de 293 cartas, algunas de las cuales son respuestas de sus corresponsales. Cuando estaba a punto de enviar su libro a la imprenta, Jerónimo Barnuevo se acercó a Astrana en el Café de Lyon y le ofreció un códice de su pertenencia que podía traer desde su casa en Santa Cruz de Mudela (Ciudad-Real). Don Luis aceptó encantado y así sucedió en el domicilio de Barnuevo en la calle Fuencarral. Este valioso manuscrito fue comprado por la Biblioteca Nacional en 1971, a la familia Barnuevo Asensi, y contiene más de cuarenta cartas de nuestro autor. El origen de todo ese “corpus” está en don Sancho Sandoval, amigo y pariente político de Quevedo. A través de bastantes matrimonios, herederos y testamentos, llegó a manos de don Jerónimo Barnuevo. 



   Repasando las cartas, encontramos al genuino escritor. Así, cuando el duque de Osuna, recién llegado a Sicilia como Virrey, envía cincuenta mil ducados a Quevedo para diferentes gestiones ante políticos, el escritor acusa recibo:

    “Ándase tras mí media corte y no hay hombre que no me          haga mil ofrecimientos en el servicio de V. E.; que aquí los más hombres se han vuelto p… [sic] que no las alcanza quien no da. […] Y aseguro a vuecelencia que en lugar de alargarme, me he arrugado con el dicho dinero, como pergamino al fuego. A todos los tengo con esperanzas; hágoles gestos de dádiva, hablo palabras con barriga, preñadas; Señor, según yo veo, adelante ha de haber tiempo de untar estos carros para que no rechinen; que ahora están más untados que unas brujas” (Carta XII).

   En una carta a Sandoval, fechada en 1635, le describe cómo anda la administración en Torre de Juan Abad:

   “Aquí envió el Consejo por cura a Fierabrás: lo más honesto es ser amancebado público, con todo el escándalo y aparato de rufián, cuchilladas, resistencias y pistoletazos; encubridor de ladrones y de hurtos, inducidor de testigos falsos y otras tales curiosidades. En razón desto está descomulgado todo el Ayuntamiento; y la mitad del pueblo, de participantes; y anda en Granada el auxilio de la fuerza. Y como en todos los demás lugares se oyen sermones y misereres, aquí anatemas, Sodomas y Gomorras. A esto se ha llegado: haber descubierto por el tormento que se dio a un regidor, el más antiguo, por ladrón, otros tres ladrones cuatreros y escaladores de casas, que todos eran alcaldes y regidores, y hurtaban con las varas” (CXLIX).

   De todo eso pasaba en la villa manchega, extrapolable a toda España, según leemos en los Avisos, de José Pellícer o en las obras de José Deleito y Piñuela: adulterio, juegos, raptos, robo, cohecho, sodomía, cuchilladas y lances, se alternaban con solemnes novenas, procesiones y autos sacramentales. O autos de los otros donde depurar fe y costumbres.

   Mientras en la Corte se organizan festejos, corridas de toros, representaciones escénicas, en los pueblos la gente lo pasa mal. Y así lo expresa Quevedo:

    “Aquí hace tiempo ciego –escribe al duque de Medinaceli-, que es menester luces a medio día. Ni han sembrado ni pueden ni hay pan; los más le comen de cebada y centeno; cada día traemos pobres muertos de los caminos, de hambre y desnudez. La miseria es universal y ultimada” (LXXXIII).

                                                   


   Quienes conozcan la obra de Quevedo estarán familiarizados con las sátiras que lanza contra algunos oficios, especialmente contra médicos y boticarios. A don Octavio Branquiforte le escribe:

    “Si el morir no hay médico que lo estorbe, y hay muchos que lo inducen; si la salud es su pobreza, si la enfermedad es su caudal, ¿qué hacen de su juicio los que se persuaden que los médicos los desearán una salud que no les vale nada y que acabarán una enfermedad que los [sic] es contribución y tesoro? No dudo que algunos seguirán la virtud, ni dudo que muchos atenderán a las exhortaciones de la cudicia. Innumerables son los enemigos que tiene la vida del hombre, innumerables son mas baratos; el mayor añadimos en el médico, y éste comprado. Muriendo le pagamos el delito; sanando la ignorancia dichosa. Cuando sin saber lo que se dice, amenaza que se muere el doliente, si (a su pesar) sana, se encarama en milagro. Si diciendo que no hay que temer, se muere, se absuelve con que llegó su hora; que, si le tomaran declaración se supiera quién la trujo para que llegase. ¡Grande privilegio es, mas doloroso, que solo en el médico sea preciso y honrado el homicidio!” (CLV).

   Admira saber que a Quevedo no le pasara como cuentan de Moliére: que no hubo doctor que se aviniera a atenderle en sus últimos momentos en pago a sus ataques en el escenario. (Curiosamente, el comediante francés se puso grave de muerte durante lo que fue su última función de El enfermo imaginario). A Quevedo sí le dio tiempo a arrepentirse de las sátiras a los galenos y así da cuenta del buen médico que lo atiende en Villanueva de los Infantes, ocho meses antes de morir en esa misma localidad.

                                                   


   Los boticarios, aquellos que tienen el infierno “de bote en bote”, según escribió en los Sueños, son atacados por su falta de honradez en la elaboración de los fármacos:

    “[…] no será temeridad decir que hay más adulterios en las composiciones que en los matrimonios” (CLV).

   Lo mismo opina de otros oficios, como abogados, procuradores y jueces. Todo un mundo, como escapado de El Bosco o adelantado a la obra de Goya. ¿Por qué no burlarse del mundo si uno comienza burlándose de sí mismo? A nuestro autor le atraían sobremanera los defectos físicos, comenzando por los suyos propios, como la cojera:

    “Mis pies no han menester apetitos para tropezar: soy tartamudo de zancas y achacoso de portante” (LXIX): Los que me quieren mal me llaman cojo, siendo así que lo parezco por descuido, y soy entre cojo y reverencias, un cojo de apuesta, si es cojo o no es cojo.

   Mi persona no es aborrecible ni enfadosa; y ya que no solicita alabanzas, no acuerda de las maldiciones y la risa a los que me ven” (CXXXVI).

   En los tiempos en que disfrutó de la amistad del Conde-Duque de Olivares, la esposa de este urdió un plan para casar al escritor, matrimonio que, por cierto, llegó a realizarse y a naufragar a los pocos meses. Quevedo tenía más de cincuenta años; doña Esperanza de Aragón, la aspirante a esposa, casi tantos como él. Una mujer viuda y con hijos. En el Epistolario no la nombra sino un par de veces, muy de pasada. Pero Quevedo ya había dejado muy claro ante la condesa-duquesa, doña Inés de Zúñiga, cómo deseaba la mujer con la cual casarse: justo lo contrario de la que le buscaron:

                                              


   “Desearé, precisamente, que sea noble y virtuosa y entendida; porque necia no sabrá conserva ni usar estas dos cosas. En la nobleza quiero la igualdad. La virtud, que sea de mujer casada, y no de ermitaño, ni de beata ni religiosa: su coro y su oratorio ha de ser su obligación y su marido. Y si hubiese de ser entendida con resabios de catedrático, más la quiero necia; que es más fácil sufrir lo que uno no sabe, que padecer lo que presume.

   No la quiero fea ni hermosa. Fea, no es compañía sino susto; hermosa no es regalo sino cuidado. Mas si hubiere de ser una de las dos cosas, la quiero hermosa, no fea; porque es mejor tener cuidado que miedo, y tener que guardar que de quien huir… De alegre o triste, más la quiero alegre; que en lo cotidiano y en lo propio no nos faltará tristeza a los dos; porque tener una mujer pesadumbre, más arrinconada que telaraña, influyendo acelgas, es juntarme un pésame de por vida.

   No ha de hacer lo que algunas hacen, sino lo que todas deben hacer.

   En que sea blanca o morena, pelinegra o rubia, no pongo gusto ni estimación alguna: solo quiero que, si fuere morena, no se haga blanca: que de la mentira es fuerza andar más sospechoso que enamorado.

   En chica o grande no reparo: que los chapines son el afeite de las estaturas y la muerte de los talles, que todo lo igualan.

   Gorda o flaca, es de advertir que si no pudiese ser entreverada, la quiero flaca y no gorda; más la quiero alma en cañuto u pellejo en pie, que doña Mucha en zancos.

                                                   


   No la quiero niña ni vieja, que son cuna y ataúd, porque ya se me han olvidado los arrullos, y aún no he aprendido los responsos… Desearía mucho que no tuviese con extremo lindas manos y ojos y boca; porque con estas tres cosas buenas en toda perfección, es fuerza que no la pueda sufrir nadie; pues las manotadas porque la vean sus manos, y los visajes  y dormiduras por aprovechar los ojos, enfadarán al mundo. Pues ver una mujer con los dientes de par en par porque se los vean, no es cosa sufrible… No la quiero güérfana por ahorrar conmemoraciones de difuntos, ni tampoco con parentela cabal. Padre y madre deseo, porque no soy temeroso de suegros. Las tías tomaré en el purgatorio, y daré misas de más a más.

   Daría muchas gracias a Dios si fuese sorda y tartamuda, partes que amohínan las conversaciones, y dificultan las visitas” (CXXXVI).

   Como se ve, los defectos físicos llaman mucho la atención de Quevedo, especialmente los relativos al rostro y, más aún, a la naríz, tal como vemos en algunos de sus sonetos burlescos (Entre ellos, el famoso “Érase un hombre a una nariz pegado”). De un flaco, para definirlo al máximo, escribe que es “esqueleto de cohete” (CXC). 

                                                             


   Para Quevedo, la muerte está dentro del ser desde el instante mismo de su concepción. “Muerte viva es, Lico, nuestra vida”, dirá con variantes en muchos endecasílabos. La densidad con que enfoca a esta postrimería humana se debe a sus lecturas de la Biblia y de los clásicos, especialmente Séneca. La dicotomía alma-cuerpo (el alma encerrada en él como en prisión), la muerte como liberadora, está presente en la filosofía de Platón, y el neoplatonismo posterior (incluido San Agustín), en la mística española y en la tradición igualadora de las Danzas de la Muerte medievales. Pero Quevedo no impreca contra el hecho de morir. Acepta resignado la muerte porque es la puerta para alcanzar la vida verdadera del creyente:

   “Tratemos al cuerpo como a compañero, y temámosle como venta en que somos güéspedes” (CXVII).

   Si la vida es una mala noche en una mala posada, según Santa Teresa, lo mismo da ser una cosa u otra en este pequeño teatro del mundo, en orden a la salvación eterna:

   “Solo nos ha de consolar que el ser rey, papa, pobre y humilde, dura solo mientras hacemos las figuras en el tablado de la vida: que entrando en el vestuario de la sepoltura, todos somos igualmente representantes, y se conoce que la diferencia estuvo sólo en los vestidos” (CXXXIV).

   Por seleccionar solo una carta donde muestre su desengaño, tenemos la dirigida a don Manuel Serrano del Castillo, escrita en 1635, pocos meses después de editar su obra La cuna y la sepultura, año en que arrecian los ataques de otros autores contra Quevedo, en forma de libelos y alguna comedia. De todos ellos se defenderá pero merece la pena copiar alguna reflexión a su amigo, sobre el tema que le angustia:

   “Nacemos para vivir, y vivimos muriendo y para morir, y morimos para nacer a segunda vida. Mejor séquito tiene el morir que el nacer; a la vida sigue la muerte, a la muerte la resurrección. Vivimos tiempo que ni se detiene ni tropieza ni vuelve… Lo que fue, como no es, no puede dejar de haber sido: lo que es, como no era poco antes, dejará de ser poco después; lo que aún no es, si se desea o si se teme, se padece… […] La vida en todos empieza con los accidentes de la muerte, que son lágrimas y suspensión del ejercicio de las potencias y sentidos. El que nace, aún no lo tiene; el que muere ya no le tiene. Nace el hombre y vive sin saber que vive, y empieza a vivir y a morir juntamente. No sabe la boca hablar, y grita; no sabe el pie andar en el comienzo de la vida, y sabe caminar en el de la muerte. […] Lo que anima, que es el alma, es inmortal; el que fue animado, que es el cuerpo, se desata y derrama, no se aniquila. El compuesto de los dos resultaba y falleció, que es el hombre, se suspende hasta la cierta resurrección. Es depósito breve, no divorcio perpetuo. La tierra, de que fue hecho, le guarda como madre; recíbele como semilla, para que renazca de la putrefacción. Obras de siembra tiene el entierro” (CLII).

                                                    


   Así se ha expresado en una larguísima, profunda y reflexiva epístola, casi un tratado, de la cual es difícil seleccionar párrafos.

   ¡Qué distinto el espíritu en el Quevedo de los chistes y caricaturas y el que vemos en el sentencioso moralista en torno a la idea calderoniana de la vida-sueño y de la vida-teatro! Pero es el mismo autor de los contrastes, de la rebuscada disemia en las palabras, del bisturí lingüístico a la búsqueda de etimologías inverosímiles y construcciones insospechadas. Y ambas personalidades, fruto de un escepticismo vital que ve la vida como una enfermedad incurable. Una fugacidad hacia el último destino. Así lo había expresado en uno de sus más conocidos sonetos:

     “En el hoy y mañana y ayer junto

     pañales y mortaja, y he quedado

     presentes sucesiones de difunto”.

   La vida le guardaba aún una amarga sorpresa: un memorial en verso, aparecido bajo la servilleta del rey, Sacra, católica, real Majestad..., donde se denuncia la política del Conde-duque, se atribuyó su autoría a Quevedo, y por el procedimiento de orden reservada se le detuvo, de noche, en casa del VII duque de Medinaceli, se confiscaron sus libros y, sin apenas vestirse, fue encarcelado en el convento de San Marcos, en León, noticia que corrió por todo Madrid y que José Pellicer (asiduo al mentidero de las escaleras del convento agustiniano de San Felipe el Real), recogió en sus Avisos. Casi cuatro años, hasta la caída del valido, en 1643, en lóbrega mazmorra

   “donde he estado todo este tiempo en rigurosísima prisión, enfermo con tres heridas, que con los fríos -¡con lo friolero que él era!-, y la vecindad de un río que tengo a la cabecera, se me han cerrado, y por falta de cirujano, no sin piedad me las han visto cauterizar con mis propias manos; tan pobre, que de limosna me han abrigado, y entretenido la vida. El horror de mis trabajos ha espantado a todos” (CCXII).

                                                 


   Así rezaba en una de las dos suplicatorias que envió a Olivares y que recibieron el silencio por respuesta. Quevedo jamás ataca a la institución monárquica pero sí a quienes merodean en torno a ella cometiendo abusos desde el poder delegado del monarca. El Conde-Duque de Olivares, todopoderoso valido de Felipe IV, fallece en 1645 y Quevedo, que había sufrido prisión por orden suya, se expresa así:

   “Yo, que estuve muerto día de San Marcos, viví para ver el fin de un hombre que decía había de ver el mío en cadenas” (CCLXXXVII)

   Le han llegado ecos del final patético del cuerpo de su antiguo enemigo:

   “De ese lugar unos llenan de piedras, losas y guijarros las entrañas y lo interior del Conde-Duque; otros dicen que le hallaron culebras y serpientes en el buche, otros agua, en todas las cavidades del cuerpo cal y arena muchísima; yo creo que habría de todo” (CCLXXXVIII).

                                               


   Tras el destierro de la Corte y su injusta prisión en San Marcos, la salud y la hacienda del escritor quedaron mermadas. Algo pudo recuperar de la segunda, una aldea que pagaba tarde, mal y nunca, pero no de la primera. Su salud quedó tan quebrantada que durará poco más de dos años ya libre, viviendo en Torre de Juan Abad, dedicado a la corrección de sus libros, al envío de cartas a sus fieles amistades, quienes solían responderle acompañando sus escritos con algunos obsequios: ciruelas, garbanzos, melones y sus dos predilecciones, tabaco y chocolate. Como ya no puede vivir en conversación con los difuntos, se entretiene en pequeñas cosas:

   “Lo que de nuevo hay por acá es que yo he muerto dos puercos; y entre chicharrones y morcillas y longanizas, estoy preparando la mejor ortografía de las ollas” (CCLIII).

                                                     


   Pasan los meses “con pocos, pero doctos, libros juntos” (la Biblia, Aristóteles, Santos Padres, Cicerón, “mi Séneca”…), interesado hasta el final por los dimes y diretes de la Corte y sucesos como el extraño asalto nocturno al dormitorio de Felipe IV, en la carta CCLXVII), sin llegar a rechistar jamás contra “aquella frente augusta” de un monarca que no valoró a tantos políticos útiles a la Corona, ensimismado entre comediantes, cómicas y validos. Quevedo se traslada a Villanueva de los Infantes porque allí estará mejor atendida su enfermedad incurable, que es el morir, pues en esa población vive su amigo Bartolomé Jiménez Patón. Se hospeda en el convento de Santo Domingo,

   “por la devoción que yo tengo a la religión, a su santo patriarca y al angélico doctor… y diéronme los padres della una celda admirable, y todos doctos y religiosísimos me asisten “(CCLXXIII)

                                                       


   Ramón Gómez de la Serna, en su obra Quevedo, razona así: “Estaba cerca de la muerte y de lo que fuese porque durante media vida se había comportado como un despedidor.

   Le va a venir cómoda la muerte porque habiéndose pasado media vida de visita en el mundo de los difuntos era natural que al ir a pasar al de los vivos eternos sintiese como refrescante el soplo de la inmortalidad”.

                                                 


   Ya en vida le había robado un criado suyo, le robaron después al cadáver sus espuelas de oro, recuerdo del duque de Osuna. Y se perdieron durante siglos sus restos mortales de tumba en tumba, hasta que han vuelto a reposar en la cripta de la capilla de los Bustos, en la iglesia de San Andrés, de Villanueva de los Infantes. Da igual dónde estén sus restos:

          “Serán ceniza, mas tendrán sentido.

          Polvo serán, mas polvo enamorado”.

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