TORRES VILLARROEL, EL VERSÁTIL SALMANTINO

    


Siempre que voy a Salamanca, al alojarme en el Colegio San Agustín y querer bajar al centro, el camino más recto es caminar todo derecho por la calle, avenida o paseo del Doctor Torres Villarroel, uno de los personajes más pintorescos y sugestivos de nuestra Historia intelectual: Ensayista, poeta, dramaturgo, matemático, médico, astrólogo, alquimista, costurero, músico, bailarín, torero… Fue uno de los personajes más polifacéticos del siglo XVIII español, recordado por sus insólitas memorias y por representar en carne y hueso una mezcla de los arquetipos del pícaro y el sabio fáustico. Escribió más de ciento cincuenta obras y fue tan denostado como elogiado. 



   Por ello, confío en que, una vez leído mi relato, corran a buscar y disfrutar con su autobiografía, que comienza con estas significativas palabras:

“La pobreza, la mocedad, lo desentonado de mi aprehensión, lo ridículo de mi estudio, mis almanaques, mis coplas y mis enemigos, me han hecho hombre de novela, un estudiantón extravagante y un escolar, entre brujo y astrólogo, con visos de diablo y perspectivas de hechicero. Los tontos, que pican en eruditos, me sacan y me meten en sus conversaciones; y en los estrados y en las cocinas, me ingieren una ridícula quijotada y me pegan un par de aventuras descomunales; y por mi desgracia y por su gusto, ando entre las gentes hecho un mamarracho, cubierto con el sayo que se les antoja, y con los parches e hisopadas de sus negras noticias. Paso, entre los que me conocen y me ignoran, me abominan y me saludan, por un Guzmán de Alfarache, un Gregorio Guadaña y un Lázaro de Tormes, y ni soy éste, ni aquél, ni el otro; y por vida mía que se ha de saber quién soy”.

        (D. Torres Villarroel, Introducción a la Vida)




   Diego de Torres y Villarroel nace en Salamanca el 18 de junio de 1694, “entre las recortaduras de papel y los rollos de pergamino”, del domicilio familiar en la calle Libreros: “Ensuciando pañales, faldas y talegos, llorando a chorros, gimiendo a pausas, hecho el hazmerreir de las viejas de la vecindad y el embelesamiento de mis padres, fui pasando hasta que llegó el tiempo de la escuela y de los sabañones”. A los catorce años ingresa en el Colegio Trilingüe de la ciudad con limitado aprovechamiento. El rancio método pedagógico del centro junto al natural inquieto del joven permitieron que este sobrevolara la Lógica y la Retórica, aprendiendo, en cambio a danzar, torear manejar la espada, hacer versos, abrir puertas, falsear llaves, actuar de saltimbanqui y a ser, en una palabra, un desenvuelto truhan.

   Con veinte años (1714) y con doce reales en el bolsillo, emprende viaje a Portugal, ejerciendo por el camino y en Oporto y Coímbra las más antípodas actividades: ermitaño, curandero, soldado, bailarín, torero, adivino, para terminar sus experiencias ordenándose de subdiácono al regreso en Salamanca (1717) y graduándose en Medicina en Ávila. Le da por el estudio y se sumerge en la librería paterna entre tratados de moral, matemáticas, cosmología, magia, trasmutatoria, crisopeya, etc. Desde los veinticuatro años edita algunos Almanaques bajo el seudónimo de El Gran Piscator de Salamanca. En ellos expresaba pronósticos anuales que tuvieron muchísimo éxito.  se encamina a la Corte donde logra sustentarse bordando bonetes en un tenducho de la Plaza Mayor. Estuvo a punto de meterse a contrabandista, pero la supuesta aparición de un duende en el palacio de la condesa de Arcos da el motivo para que él intervenga, lo haga desaparecer y la agradecida dama le otorgue su protección. En una palabra, un Nostradamus salmantino. 




   Pero existe un episodio turbio que los investigadores no han logrado aclarar: Diego de Torres y su amigo Juan de Salazar escapan a Burdeos y Bayona como consecuencia de una denuncia presentada por un sacerdote salmantino. Más tarde, a Portugal. Y vuelta a España tras presentar un memorándum al rey. Desconocemos los motivos y hasta las fechas exactas pues los investigadores no se ponen de acuerdo.

   Un suceso imprevisto le favorece: en 1724 publica el vaticinio de la muerte del rey. En efecto, Luis I fallece poco después. En aquella España supersticiosa, la supuesta adivinación hace mella y, con la fama lograda, Diego retorna a Salamanca para opositar a la cátedra vacante de matemáticas en la Universidad. 



   El centro, antaño gloria del saber hispano, se hallaba ahora huérfano de libros y atrofiado por una escolástica de tercera mano. Entre los doctores de su claustro no había quien pudiera juzgar el mérito de los opositores. Pero sí fruncieron el ceño al conocer la pretensión de aquel medio loco medio pícaro, que varias veces les había zaherido sin piedad:

                      “Sabios solo de gestos y visajes,

                      estudiante ninguno, mil togados,

                      y con las vanidades de graduados

                      los que tienen ya plaza de salvajes.

                        La necedad se abriga con los trajes

                     que antes honraban doctos licenciados,

                      y andan todos los vicios arropados

                      con fúnebres y místicos ropajes”

                (Soneto A los doctores de la Universidad)

   En cambio, sus paisanos lo reciben bien. Y cuando expone su lección sobre “El movimiento de Venus en el Zodíaco”, logra la mayoría de votos en el tribunal, los estudiantes lo sacan a hombros desde el aula por los pasillos de la Universidad. Es interesante apuntar esto porque Salamanca contaba con cuatro mil vecinos “sin contar viudas, frailes ni canónigos”. La influencia del clero ( catedral,  Universidad y congregaciones religiosas) era enorme, lo cual no impedía el entusiasmo de la ciudad por las corridas de toros en la Plaza Mayor, los teatros y los carnavales. 



   A partir de su investidura como catedrático, Torres sienta la cabeza. Asiste regularmente a sus clases, enriqueciendo el aula con material adecuado, funda academias, publica libros, se gradúa en Artes y visita periódicamente a sus amigos aristócratas de Madrid, entre ellos, el marqués de la Ensenada. A los cincuenta años atraviesa una crisis religiosa y se retira a un convento, del que vuelve decidido a ordenarse como sacerdote. Celebra su primera Misa en la Capilla de la Luz de la Catedral, el lunes de Pascua de 1745.

   Quizá las páginas más jocosas de su Vida sean aquellas en que relata la enfermedad de apoplejía que los médicos le fueron tratando sucesivamente como hipocondría, bubas, histeria, pasión del alma, obstrucciones, hechizos, hasta parar en los exorcismos.

   Permitió Dios que saliera bien de tantos experimentos y vivió veinticinco años más, dedicado a los estudios, a la administración de los bienes del duque de Alba y de obras asistenciales, hasta que sus ojos se cerraron definitivamente el 19 de junio de 1770, en el Palacio de Monterrey.

               


   Aparte de sus tratados sobre medicina, astronomía, geología y química, dejaba un apreciable conjunto de escritos semifilosóficos, novelescos y poéticos de indudable interés. 



   Bajo el título de Juguetes de Talía, entretenimientos del numen (1738), editó muchos poemas de diverso contenido y forma que denotan un gran conocimiento de la poesía del Siglo de Oro, especialmente de Quevedo, con sonetos muy estimables donde vemos su fidelidad a las formas clásicas y su pretensión de abrirlas a nuevos estilos. Frente a la idealizada visión de la amada, Torres es capaz de acercarnos a su materialidad. Así, vemos en uno de sus sonetos titulado Pide a una dama su mano para decir la buena ventura:

            "Si a ese cóncavo riges soberano,

         si su luz por las tuyas iluminan,

         de ti podré saber dónde me inclinan

         las estrellas, que tienes tan a mano.

            Permíteme que, astrólogo y gitano,

         vea en tu diestra qué me determinan

         esas rayas y montes que dominan

         las supremas alturas de lo humano.

            Esta línea mensal gozo me advierte,

         la lactiva, fortuna prevenida,

         ese monte de Venus es mi suerte.

             Mas ¡ay que la vital es mi homicida,

         pues advierto que a costa de mi muerte

         va creciendo la raya de tu vida!"

   La mujer no es ya el objeto intangible sino, fundamentalmente, un sujeto palpable mediante la terminología astrológica («mensal», «lactiva», «monte de Venus», «vital»). Todo ello permite, por parte del sujeto poético masculino, una lectura utilitaria en sentido profesional e incluso crematístico, si se atiende a los pingües beneficios que el propio Villarroel obtuvo de su manejo de la astrología. 

 


   La mujer real es tan imperfecta como el hombre y en contraste con la visión idealizada de ella desde el petrarquismo, la desacraliza así en otro de los sonetos:

            "Que tiene ojo de culo es evidente,

         y manojo de llaves, tu sol rojo,

         y que tiene por niña en aquel ojo

         atezado mojón duro y caliente.

             Tendrá legañas necesariamente

         la pestaña erizada como abrojo,

         y guiñará, con lo amarillo y flojo,

         todas las veces que a pujar se siente.

             ¿Tendrá mejor metal de voz su pedo

         que el de la mal vestida mallorquina?

         Ni lo quiero probar ni lo concedo.

             Su mierda es mierda, y su orina, orina;

         solo que esta es verdad, y esotra, enredo,

         y estánme encareciendo la letrina."

   Juguetes de Talía incluye, también, veinticinco obras teatrales: una comedia, dos zarzuelas, sainetes, entremeses, bailes, etc.

   El dramaturgo Torres Villarroel aparece en el momento de mayor decadencia de nuestra literatura dramática. Con las tumbas de Lope, Calderón, Tirso, Moreto, Rojas… se cerraba el fecundo Siglo de Oro. Unos autores piden reformas queriendo participar en el movimiento neoclásico europeo:  Luzán, Hervás, Feijóo, Nasarre… Otros, intentando conservar o reformar desde dentro: Isla, Gerardo Lobo, Martín Martínez, el propio Torres Villarroel… El caballo de batalla era el teatro donde los triunfos del gusto neoclásico eran aún escasos y, desde luego, alejados del pueblo. Y en la pluma cínica y festiva del teatro de nuestro personaje no faltarían las burlas



   Es seguro que don Diego conocía bien la literatura dramática y los escenarios desde su juventud. Sus horóscopos desde 1766 a 1770 estaban confeccionados con títulos de comedias, sainetes, entremeses, bailes y mojigangas. Aunque advierte que la necesidad económica ha dado a luz sus obras teatrales, y en el sainete El Poeta refleja las dificultades de un novel, es muy probable que solo pretenda la benevolencia ajena, la captatio benevolentiae. Torres es de los que nacen inclinados al atractivo bohemio de la farándula. Además, redacta la mayoría de sus obras cómicas cuando es catedrático y goza de cierta estabilidad económica. El motivo es más ocasional y conmemorativo: “Represéntabanse entre nosotros, los familiares y vecinos, diferentes comedias y piezas cómicas (que algunas están en mi segundo tomo de poesías), en los días señalados por alguna celebridad eclesiástica, política o de nuestra elección” (Trozo cuarto de la Vida). Confirman esas líneas las frecuentes inclusiones del nombre de alguna persona homenajeada.  



   Dice Juan Valera que “asombra cómo pudo leer y aprender tanto en su existencia agitada y peregrina”.  Pero es que Torres Villarroel podía leer y escribir igual en el recoleto silencio de un despacho o en medio de una jarana: “Los más de ellos los he parido entre cabriolas y guitarras, y sobre el arcón de la cebada de los mesones, oyendo los gritos, danzas, desvergüenzas y pullas de los caleseros, mozos de mulas y caminantes”. El léxico de sus personajes, aunque popular, no es tabernario. Aunque no de altos vuelos, Torres es poeta y cuenta con versos de calidad. El Diario de los Literatos encomió “la abundancia maravillosa de lengua” y “la dicción menos impura que se halla en las obras de los españoles modernos”. El Diálogo entre un sordo médico y un vecino gangoso, en que se aparta algo de su veta popular, debió de cosechar gran éxito, a juzgar por las numerosas ediciones que de él se hicieron hasta 1799. El baile de La Ronda del Uso es una burla a las novedades francesas en el vestir, impuestas por el alcalde de la ciudad. Y detectamos en sus textos influencias aisladas, pero notables, de predecesores en el arte de hacer comedias:  unas veces aflora lo más pintoresco de Quiñones de Benavente –La Ronda del Uso, Los Gitanos-, otras es el tipo de viejo verde con claras reminiscencias cervantinas –El valentón, El Duende-, o ecos de Lope de Rueda.

   La palabra “autor” es aplicable a Torres Villarroel en el sentido más clásico del termino: escritor, director e intérprete: “Como se dice en los ensayos”, indica frecuentemente. O señala cómo toma un gitano las hojas de tabaco o cómo es determinado paso de baile ya que desde su juventud fue “gran danzante y mediano músico”. En sus años mozos “acompañaba con la guitarra un gran caudal de tonadillas graciosas y singulares, y danzaba con ligereza y con aire toda la escuela española, ya con la castañueta [sic], ya con la guitarra”. 



   En El Hospital donde cura amor de amor la locura llegan a ocupar el escenario dieciséis actores: unos representando cierta parodia  (teatro dentro del teatro), otros manejando un diálogo fluido y bien repartido. Más sorprendente es todavía el sainete El Poeta pues en él asistimos al trajín de un teatro momentos antes de alzarse el telón: prisas de los actores, enojos de las cómicas, gritos del vendedor de zumos y el autor, director y actor Torres Villarroel, situado entre el público pero reclamado desde el escenario, mientras él dialoga con espectadores. Ruptura total de la “cuarta pared”.

   A pesar de lo festivo de sus piezas cómicas, donde ofrece caricaturas de la sociedad, Torres entiende la profesión escénica como algo muy serio, digno de respeto, por cuanto tiene de educativo. Mientras el jesuita Gaspar Díaz publicaba por aquellas fechas un tomo de casi doscientas páginas acerca de lo ilícito de las comedias y la dudosa reputación de cuantos en ellas intervienen, Torres opinaba:

   “… la Universidad más completa del orbe son los teatros: cuanto han sudado gloriosamente los ingenios más fecundos de la España, tanto tienen ellos en su memoria, y se hallan sabios en toda clase de estudios. El arte de huir los escándalos, aquí se enseña; la ciencia de vencer con aire los duelos, aquí se practica; la filosofía de conocer voluntades, aquí se enseña;  la lógica engañosa de los apetitos, aquí se desenvuelve; a la retórica falsa del amor, aquí se le reconocen sus figuras; la política para privados, aquí se demuestra; la humildad al vasallo, aquí se le advierte, y en fin, en este teatro se le registran los semblantes al vicio y a la virtud, y prácticamente se hacen visibles los modos de introducirse en las costumbres. En nuestra voluntad está el elegir a una, y aborrecer al otro”. (Torres, Visiones y visitas de Quevedo por Madrid



   Hombre de espíritu inquieto y estrafalario, nacido para saber y criticar, fue piedra de escándalo en su tiempo. Odiado y admirado pero de todos conocido:

   “Los extranjeros y peregrinos que vienen a Salamanca, ha muchos años que no preguntan por la Universidad, ni por la plaza ni por las cuevas donde enseñaban los diablos (salvo sea el embuste) sino por don Diego de Torres…” (Trozo quinto de la Vida)

   Publicado esto cuando podían desmentirlo, hay que reconocerle una singular fama. Una fama que se reduce al ámbito de la investigación literaria en congresos, monografías y estudios parciales. Se ha visto su actitud coincidente y antagónica a la vez con Ramón Gómez de la Serna (Automoribundia) y hasta un precedente del cinematógrafo: en 1730 llegó a Salamanca un curioso ingenio, un «arquetón», lleno de cuerdas,  clavijas y bastidores donde proyectadas en la luz de un «candilón»  una serie de figuras grabadas en buril generaban en el interiorescenas variadas, batallas terrestres y navales, ajusticiamientos, motivos palaciegos, etc. Se trataba de «El Mundi Novi», un lejano antepasado del cine, consistente en un cajón que contiene un cosmorama  y/o una colección de figuras móviles, que manipuladas gracias un sistema  de clavijas por el mundinovero ofrecían al espectador que se asome a su  mirilla un espectáculo de imagen en movimiento, fascinante a los ojos de  aquel siglo. El mundinovo, también llamado tutilimundi o titirimundi, circulaba en manos de cómicos ambulantes y faranduleros, de ciudad en  ciudad, convocando multitudes con la promesa de que allí «se verán por  un cuarto todos los infiernos y todos los diablos». Y no tardó el doctor Torres en solicitar una representación privada en su casa.

  


    Hoy día solo se recuerda a Torres Villarroel caminando por la avenida de su nombre en la ciudad del Tormes, pero fue un hombre versátil, autor poliédrico, heredero directo de nuestra más viva picaresca y abierto a todos los campos del saber. Un versátil salmantino que si hoy viviera, dirigiría un programa de entretenimiento en televisión.


                

  

Comentarios

  1. Realmente interesante el personaje y, sin duda, su biografía merece leerse. Pero con tu avance tan detallado ya tenemos una primicia de lo que nosnaguarda. Un creador con múltiples facetas y hombre inquieto que supo ganarse la vida desde la astrología y la cátedra, rozando la ciencia y lo esotérico. No tendría cabida en una TV tan poco creastiva como la que poadecemos en cualquier cadena. En esto disiento de ti, pero que el personaje es digno de atenciópn, sin duda.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

EL CAUTIVO CERVANTES, DE AMENÁBAR

ANTÓN CHEJOV, EN SU MEJOR JARDÍN DE LOS CEREZOS

LA NOCHEBUENA DEL BOMBERO