MARÍA MAGDALENA, PRIMER TESTIGO
-¡Abrid!
¡Abrid la puerta, somos nosotras!
En el
interior de la casa sonaron fuertes los golpes y las voces que se escuchaban desde
la calle. Santiago acudió de inmediato, abrió con la llave y, al tiempo que las
dos mujeres entraban, les recriminó:
-Os dijimos
que usarais la puerta de atrás para entrar y salir de casa. Hay soldados por
todas partes.
La de mayor
edad y más tranquila, respondió:
-No hay un
alma por las calles. Todos están celebrando la Pascua en sus casas o han ido al
Templo a llevar ofrendas. Y no se ve ningún soldado.
María se
sentó en un extremo de la banca, muy nerviosa, con la respiración agitada:
-¡Lo he
visto! ¡Lo he visto!
-¿A quién
has visto?, le preguntó Santiago acercándose a ella.
-A Jesús, al
Maestro. Está vivo. He hablado con El.
-Has visto
su cuerpo, le habrás hablado pero está muerto, María.
-¿Dónde está
Pedro?
-En el
huerto, está horneando pan, respondió Santiago
-Estoy aquí,
dijo Pedro, entrando por la puerta trasera de la vivienda con un saco en las
manos. Creo que habéis ido a lavar el cuerpo del Maestro.
María se fue
hacia él y, zarandeándolo por los hombros, le dijo:
- A eso
fuimos. Pero Jesús no está muerto. Ha resucitado.
-¿Qué dices,
María? No digas locuras. ¿Has visto su cuerpo? Cálmate y cuéntanos.
Santiago le ofreció una jícara con agua.
María, ya
más tranquila, dijo:
-Hemos ido. Yo iba a embalsamar su cadáver como es costumbre y, así, conservarlo para eiempre. Pero cuando entré al sepulcro, lo vi vacío. Me asusté. Miraba por todas partes,
buscando el cuerpo, cuando escuché una voz que me llamaba por mi nombre. Al
principio pensé que era José de Arimatea, que había ido a comprobar que todo
estaba en orden, pues la luz del exterior me deslumbraba. Pero según mis ojos
se iban acostumbrando, me di cuenta de que no era José sino posiblemente alguno
de sus campesinos y que él se habría llevado al Maestro a otro lugar. Le
pregunté dónde estaba el cuerpo de Jesús y volvió a llamarme por mi nombre. Fue
entonces cuando me di cuenta de que era él mismo, allí, de pie ante mí. Quise
abrazarlo pero no me dejó. Me dijo que no lo tocara porque aún no se había
presentado ante el Padre. Pero esto ya no lo entendí. Y me encargó que os
dijera todo esto.
Todos
escuchaban en silencio y perplejos. Santiago se dirigió a su madre, que aún
seguía en pie:
-Madre, ¿tú
también has visto lo que cuenta María?
-No. Yo me
quedé a la sombra de la higuera que hay junto a la puerta. No quise ver muerto
al Maestro. Bastante tuve viéndolo sufrir con el madero a cuestas cuando lo
llevaban al Gólgota. Acompañé a María para que no fuera sola. Yo la escuchaba
hablar con alguien. Pero también pensé que era José de Arimatea. A fin de
cuentas la sepultura es suya.
Andrés, que
hasta ese momento había permanecido en silencio sentado en un rincón,
intervino:
-Pero,
mujer, ¿cómo vas a ver vivo al Maestro si con nuestros propios ojos lo hemos
visto muerto en la cruz? Nicodemo, José de Arimatea, dos jornaleros suyos y yo lo
hemos bajado de ella, lo hemos llevado muerto y cubierto de sangre desde el
Gólgota hasta el sepulcro.
-Eso no quiere
decir nada, Andrés -dijo el joven Juan bajando por la escalera-, también vimos
cómo el Maestro resucitaba a otros. ¿Ya te has olvidado de Lázaro, del muchacho
de Naím, de la hija de Jairo?
-Pero es
distinto, Juan. Entonces el Maestro resucitó a otros volviéndolos a esta vida.
Y lo hizo pidiéndoselo al Padre. En este caso, es el propio Jesús quien dice
María que ha vuelto a vivir.
-No, no. El
Maestro no ha vuelto a vivir como antes. Está vivo aunque de otra manera. Sigue
teniendo las heridas de sus manos y la llaga en su pecho pero tiene una especie
de luz distinta. Es El pero no es igual. No sé cómo decirlo, comentó María ya
más calmada. Lo único que os puedo
enseñar es esto.
Y de la
bolsa donde había llevado los ungüentos para ungir el cadáver, sacó un lienzo
que fue desdoblando y donde se veían restos de sangre a todo lo largo.
El silencio
se hizo en la sala.
-María:
estás agotada del sufrimiento de estos días y puedes haber vivido una
alucinación. Quizá deberías irte a Magdala y descansar allí unos días.
-De ninguna manera, Pedro. Yo no me muevo de aquí. Ahora empieza todo porque Jesús está vivo y vivirá para siempre. Dios lo ha despertado y lo ha levantado. Ha vencido a la Muerte.
-Yo no creo
ni una palabra de todo esto -intervino Tomás, callado hasta entonces-. Se lo
habrán llevado los soldados a la fosa común. O quizá José de Arimatea a otro
sepulcro de mayor seguridad. Yo tendría que ver con mis propios ojos al Maestro
y tocar sus heridas con mis manos y eso será difícil que ocurra.
-Pedro-
añadió María-, si todavía tenéis dudas, id vosotros al sepulcro a ver qué
encontráis.
-Sí, vamos
allá -decidió Pedro-. Santiago, Juan, venid conmigo.
Y los tres
se dirigieron a la puerta trasera. La abrieron y nueva vida de la primavera
entró con la luz del sol, el zureo de las palomas y la blancura del almendro
florecido.







Preciosa recreación teatral del momento más decisivo para los cristianos. Muchas gracias, querido José María, por este regalo el Domingo de Resurrección. Espero que estés bien de salud. Un abrazo grande y todo mi cariño.
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ResponderEliminarGracias Jose María.
Me quedo con esta versión de la realidad.
Emulando la dedicatoria de Richard Bach en su obra "Juan Salvador Gaviota":
"Al Juan Salvador Gaviota que todos llevamos dentro", así deseo aquí y ahora a todos:
"Resucitemos al Cristo interior que todos llevamos dentro para que nos guíe en todo momento a tomar las decisiones más adecuadas para nuestro bien y el de las personas implicadas".
Mi Cristo Interior saluda a tu Cristo interior.
Paz y amor, les deseo.
Muy bonita tu narración de una experiencia fundamental que tuvieron las mujeres en el sepulcro. Ellas supieron comprender que el Maestro estaba vivo con una vida que no se acaba jamás, fuera del espacio y el tiempo que nos encierran en la materia. Precioso relato. Un abrazo.
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