PURO TEATRO
Cuando Juan Carlos Pérez de la Fuente me comentó -hará un par de años-, que pensaba llevar a la escena el discurso de ingreso de Fernando Fernán Gómez en la Real Academia Española, me quedé estupefacto. ¿Sería una simple reproducción del momento con un actor vestido de frac ante un micrófono leyendo ese texto? No es lo mismo llevar al teatro unas narraciones de Galdós o de la Pardo Bazán, en las cuales hay diálogos, que un texto de oratoria.
Como ya estoy acostumbrado a las “sorpresas” que me deparan los montajes dirigidos por Juan Carlos, me puse a reflexionar. Y me vinieron a la memoria dos espectáculos suyos: EL SHOW DE KAFKA (un monólogo inspirado en Informe para una academia, de dicho autor) y TARDE TE AMÉ (el monólogo basado en textos de las Confesiones de San Agustín), uno y otro interpretados magistralmente por Luisa Martín y Ramón Barea, respectivamente.
Pero ahora no estamos ante monólogos sino en un cierto diálogo entre dos personajes: Fernando Fernán Gómez y La Palabra. A través de esas conversaciones, a veces (monólogos del protagonista), conocemos las dudas, las angustias que sufre el académico para preparar un discurso, pero también el homenaje que, sin pretenderlo, hace a la palabra humana en todas sus expresiones, especialmente en el teatro a través de la Historia, desde Esquilo hasta García Lorca. Son píldoras de sabiduría humilde de quien cree no saber nada y sabe todo del teatro. El soliloquio del autor frente a la página en blanco. El vértigo ante la nada. Y esta función no solo sirve para asistir a un bellísimo espectáculo sino también para conocer íntimamente a un actor-autor lleno de sabiduría y de timidez, maquilladas con esas actitudes algo hoscas con que solía responder a las impertinencias de los periodistas. Todo en Fernán Gómez era puro teatro, desde la cuna a la sepultura. Nació y murió entre cómicos.
Un texto tan
sabio requería una mano maestra para darle forma teatral. Y aquí, Pérez de la
Fuente contó con Raúl Losánez, quien ha llevado a término una primorosa
encomienda, al comprender que tenía entre manos un monumento a la palabra
humana, no solo a la teatral. Los intérpretes son Nancho Novo (Ponente, o
sea, el propio Fernán Gómez) y Marta Poveda (Palabra). El primero, en una
caracterización perfecta, hace que estemos viendo al futuro académico. La
segunda interpreta su papel con la seducción, la desenvoltura, la ironía, de una palabra
que es libre sin ser esclava de nadie. Deliciosos los dos.
Los técnicos
de iluminación, sonido, maquillaje, etc. han sido profesionales de reconocido
prestigio: José Manuel Guerra, Ignacio García, José Luis Sixto… Y, todos ellos,
bajo la batuta de Juan Carlos Pérez de la Fuente, quien ha diseñado la
escenografía y el vestuario, además de dirigir todo el espectáculo. Con este equipo, ¿qué podía salir mal?
La palabra es lo que distingue al ser humano del animal y es ella la que puede llevar al hombre a expresar la trascendencia. Por eso, grandes creadores la han valorado más que un tesoro. La palabra (logos, en griego, verbum, en latín) nos hace elevarnos hasta el Ser Supremo: "En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios", es la primera frase del evangelio de San Juan. (A este respecto, cómo no recordar la obra A ciegas, de Jesús Campos?). Y Blas de Otero la consideró su única pertenencia en tiempos del cólera:
"Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré como un anillo al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra".
En cuanto creador, el poeta no es dueño de la palabra sino solo su administrador, tal vez sacerdote de un misterioso culto. Luis Cernuda lo definió como "aquel que ilumina las palabras opacas/ por el oculto fuego originario".
Espero dejar claro que estamos ante una función "de texto", donde todos los demás elementos alumbran, apoyan, subrayan cuanto dicen los dos personajes. Bienvenida sea una obra en estos tiempos del cólera donde se nos ofrecen obras banales, efímeras, gaseosas, envueltas en mucho aparato tecnológico.
El público es sabio. Y está agradeciendo con sus aplausos, como merece, pasar un rato de "puro teatro".



Querido José María, dan ganas de ver la obra, después de vivirla gracias a tu palabra certera. Un abrazo grande
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