MAGNIFICAT
Entre todos los salmos, himnos y cánticos de la liturgia, mi preferido es el Magnificat.
Se trata de un cántico y una oración cristiana que proviene
del evangelio de Lucas (1:46-55), quien reproduce las palabras que,
María, sintiendo ya su embarazo, dirige a Dios con ocasión de su visita a su
pariente Isabel, esposa del sacerdote Zacarías. Isabel llevaba en su seno a
Juan el Bautista
El Magnificat es uno de los ocho himnos cristianos más
antiguos y quizás el himno mariano más antiguo. Se canta o se recita en la
liturgia de Vísperas.
En un estilo que recuerda a la poesía y los cánticos del
Antiguo Testamento, María alaba al Señor siguiendo esta estructura:
-regocijo por tener el privilegio de dar a luz al Mesías
prometido.
-Gloria a Dios por su poder, santidad y misericordia.
-Espera con ilusión que Dios transforme el mundo a través
del Mesías. Los orgullosos serán humillados y los humildes serán exaltados; los
hambrientos serán alimentados y los ricos se quedarán sin nada.
-María exalta a Dios porque Él ha sido fiel a Su promesa a
Abraham.
En esencia, el cántico no contiene nada que supere la
formación religiosa de una joven hebrea inteligente, reflexiva, conocedora de
la historia de su pueblo, asidua oyente de las lecciones de la sinagoga. Si
bien se pueden admitir algunos toques de redacción del evangelista, la autoría
intelectual del cántico se atribuye casi unánimemente a María, la madre de
Jesús.
El «Magníficat» se ubica dentro del género literario común a
todos los himnos o salmos de acción de gracias. La originalidad hay que ponerla
en la asimilación personal de María de las grandes ideas bíblicas: la
misericordia de Dios, la preferencia de Dios por los pobres y humildes, su
poder, su santidad y su fidelidad, y las promesas que Él hizo a nuestros
padres, los patriarcas.
Giusseppe Ricciotti escribió: “¿Cabría imaginar predicción
más inverosímil que ésta?... Una muchacha de quince años escasos, desprovista
de bienes de fortuna y de toda posición social, desconocida a sus compatriotas
y habitante de una aldea no menos desconocida, proclamaba confiadamente que la
llamarían bienaventurada todas las generaciones. ¡Fácil parecía coger la
palabra a aquella muchacha profetizante con la certeza absoluta de verla
desmentir antes de la primera generación! Hoy han pasado veinte siglos y puede
hacerse el cotejo entre la predicción y la realidad. Ahora puede ver la
historia sin trabajo si María previó con justeza y si la humanidad hoy la
exalta más que a Herodes el Grande, entonces árbitro de Palestina, y que a Cayo
Julio César Octaviano Augusto, entonces árbitro del mundo.” Más exaltada que
ninguna reina y ningún otro personaje femenino de la Historia.
“El Magnificat es espejo del alma de María. En ese poema logra su culminación la espiritualidad de los pobres de Yahvé y el profetismo de la Antigua Alianza. Es el cántico que anuncia el nuevo Evangelio de Cristo; es el preludio del Sermón de la Montaña. Allí María se nos manifiesta vacía de sí misma y poniendo toda su confianza en la misericordia del Padre” (Juan Pablo II).
He aquí el himno:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor.
Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador,
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones
porque el Poderoso
ha hecho obras grandes por mí,
su nombre es santo. Y su misericordia
llega a sus fieles de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes.
A los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-,
en favor de Abrahán
y su descendencia por siempre”.
Nada mejor que cerrar este cántico con una Inmaculada de Zurbarán, cuadro para el que posó su hija, donde vemos a María rodeada de símbolos de la letanía.


Muchas gracias amigo por compartir conmigo esta maravillosa reflexión. Un fuerte abrazo y ¡Feliz Navidad!
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