LOS MAGOS FUGITIVOS
Una vez
cumplida la misión que los había traído, siguiendo la guía de la estrella, hasta encontrar al niño buscado, viajaron secretamente en dirección contraria a Jerusalén. En la primera parada, sentados bajo unas palmeras y cerca de un pozo,
conversaron. Tomó la palabra Gaspar y dijo:
-Ya no nos
guía la estrella. Ha desaparecido. Tenemos que valernos de nuestros propios
medios, siendo conscientes de que estamos en peligro, al no volver para dar
cuenta al rey, tal como nos encargó con insistencia. Os propongo tomar el camino de Midbar Rum. Allí estaremos más
seguros.
-¿Qué sitio
es ese?, preguntó Melchor.
-Es un
desierto de arenas rosadas, no muy extenso. Así lo llaman en arameo. También lo
llaman Valle de la Luna. De este modo, no
dejaremos huellas en la arena, por si nos persiguen los soldados de Herodes.
-¿No sería
mejor escondernos un tiempo en Petra?, terció Baltasar.
-De ninguna
manera. Los nabateos son ahora amigos del monarca pues su madre es nabatea,
añadió Gaspar.
Al cabo de
varios días, cabalgando a la luz de la luna, llegaron al desierto de arena
color rosa. Los criados liberaron de equipajes y enseres a camellos y
dromedarios y prepararon una rica cena al amor de la lumbre: dátiles, higos
secos, queso, miel, acompañando a unos conejos asados que el veloz sirviente Kenji había cazado.
Refugiados del sol en una cueva de rocas, donde se veían esculpidos garabatos milenarios, disfrutaron del refrigerio y de la conversación posterior.
Entre sorbo y sorbo
de té verde con menta, Melchor preguntó:
-Gaspar,
cómo averiguaste el nacimiento del
futuro rey de Israel?
-Leyendo un
viejo papiro de un sabio autor hebreo, llamado Miqueas, en el cual se leía: “Oh tú, Belén
Efrata, eres la más pequeña entre los miles de Judea, de ti saldrá aquel que será el gobernante en Israel. Y su avance será desde el principio, hasta
el día de la eternidad”. ¿Y a ti, quién te lo comunicó?
-Lo adiviné
examinando el hígado y otras vísceras de un cordero sacrificado, dijo Melchor.
Y dirigiendo
su mirada al silencioso Baltasar, le hizo el siguiente comentario:
-Me extrañó
que viniendo de un país de ricas telas no trajeras al niño Yeshua alguna pieza
de seda, lana, algodón o fieltro. En cambio, le obsequiaste una caja de mirra,
rico perfume y ungüento pero que puede hallarse en los zocos al alcance de cualquier bolsillo.
- Al alcance del bolsillo de los ricos, querrás decir -respondió Baltasar-. No fue por el precio sino por
el sueño que tuve meses antes de iniciar el viaje. En él vi a una mujer untando
con mirra los pies de un hombre que estaba comiendo con unos amigos. Después vi
a ese mismo hombre clavado en una cruz y un soldado romano le hacía llegar a la
boca, pinchada en su lanza, una esponjita rociada de vino y mirra para
aliviarle el dolor. Y acto seguido vi cómo ese mismo hombre, ya cadáver, era
ungido con mirra y áloe. Cuando desperté, supe que la mirra era un símbolo, que debía ponerme en camino
para buscarlo y advertirle, si aún lo encontraba vivo, del peligro que corría.
La estrella nos llevó hasta ese niño que yo vi convertido en hombre en mi
sueño.
Los
murciélagos escuchaban atentamente, fingiendo dormir, suspendidos del techo.
(Fotografías del desierto de Wadi Rum, autor: José Mª Torrijos)





Sencillo y precioso, ¡me gusta como humanizas a esos personajes que están en nuestra Historia y en nuestra imaginación!
ResponderEliminarPrecioso relato del trayecto de los Reyes Magos en busca del niño, futuro Rey de Israel, es maravilloso lleno de ilusión y esperanza.
ResponderEliminarEl más bonito regalo que puedo obtener en un día como hoy.
Muchas gracias
Qué lindo cuento tan cargado de sentido. Todas las artes adivinatorias en juego; el profeta, el analizador de vísceras y el que interpreta sueños, todos los caminos llevaban al mismo Niño y solo hay un camino de regreso, tras conocerlo; un camino que pasa lejos del poder terrenal.
ResponderEliminarPrecioso, gracias, Josemaria
ResponderEliminarPrecioso texto, amigo. Ya espero impaciente la próxima Navidad para recibir los siguientes. Un fuerte abrazo.
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