ANTÓN CHEJOV, EN SU MEJOR JARDÍN DE LOS CEREZOS

                                                   


El día en que Juan Carlos Pérez de la Fuente me dijo que iba a preparar el estreno de El jardín de los cerezos, de Antón Chejov, me quedé estupefacto. Hasta ahora, ninguna de las funciones que he visto del autor ruso me habían entusiasmado. Obras largas, que me parecieron tediosas, donde no pasaba nada, con personajes que deambulan con sus problemas sin resolver. Por eso, acudí al estreno, en el Teatro Fernán-Gómez de Madrid, con mucha suspicacia y con poco entusiasmo. Pero este montaje no solo me ha reconciliado con Chejov sino que me ha confirmado, una vez más el “modus operandi” de Pérez de la Fuente: sumergirse en la obra de forma concienzuda, respetuosa, adecuada, buscando el mensaje que el autor quiso transmitir.

   A los pocos meses de estrenar El jardín de los cerezos (enero de 1904), Antón Chejov fallecía dejando un importante legado: numerosos relatos cortos y ensayos, así como diez obras teatrales en un acto y siete dramas. Junto con Tolstoi y Dostoievsky (cuya influencia está presente en él) forma la gran trinidad de la literatura rusa con influencia y presencia posterior en todo el mundo. Las obras de Chejov se entienden mejor cuando se contextualizan con los veteranos novelistas mencionados, con las obras del joven Máximo Gorki (por entonces militante en una socialdemocracia) y con la pintura de los pintores rusos: costumbristas, paisajistas y precursores de las vanguardias rusas, especialmente de Nikolay Kasatkin, Ivan Pokhitonov y, más aún, de Alexandra Exter. 

                                            


   Sus obras teatrales, dentro del naturalismo, son estudios del fracaso de unos personajes en una sociedad aristocrática que se desintegra. Al viejo régimen zarista se le están rompiendo las costuras.

   La obra es el ocaso de una época, el canto de cisne de un tiempo que acaba y va a surgir otro, todo ello encarnado en una familia, en sus criados, en un  emprendedor joven que se prepara para comprar, especular con cuanto adquiere. Pronto llegará el turismo de una clase media emergente, con todo lo de positivo y negativo que acarrea. Hace ya cuarenta años que el zar liberó a los siervos de una esclavitud feudal. Pero quedaron, simplemente, en la calle. Y en el instante en que Chejov firma esta obra, Rusia está llena de mendigos. 

                                                 


   Liuba Andreyevna es la propietaria de una gran casa rodeada de amplísimo jardín de cerezos, que en otro tiempo cosechó cerezas suficientes para ser vendidas. Ella desciende de una familia aristócrata que nunca le perdonó casarse con un simple abogado. Un hombre que pronto la engañó con otras mujeres. Con ella vive su hermano Leonid Gaev, soltero y holgazán. Ambos fueron felices en esa finca donde nacieron, hasta que la desgracia familiar hirió el corazón de Liuba. A raíz del accidente, ella y su familia se habían trasladado a París, capital del “glamour” y del arte. Atrás quedó un cúmulo de deudas que bloquearon no solo el mantenimiento de la casa y del jardín sino hasta la supervivencia de los pocos criados que quedan en la mansión. La vuelta de esta familia se supone que será para afrontar la situación. 

                                                  


   Liuba, su hermano y su hija Anya viven fuera de la realidad. Como peces dentro de una pecera psicológica, a-islados del exterior, hasta que las grietas del cristal les amenazan con arrojarlos a una vida para la que no están preparados. Para ellos, el dinero es el agua de un río (cada vez menos caudaloso) que basta con cogerla, beberla o darla gratuitamente. Es en esta perspectiva donde debemos entender la magnanimidad con que Liuba da limosnas exageradas. Su religión es de actos piadosos que, en cierto modo, consuelan conciencias y absuelven posibles pecados y debilidades. Esta familia no sólo ha derrochado el dinero. También sus vidas. Se ha situado fuera del tiempo como refugio pues el tiempo “lame, roe, pule y muerde” en verso de Machado. No es un capricho que la obra comience en el cuarto de los niños, ámbito de la nostalgia infantil: el paraíso perdido.

                                                   


   El otro eje de la obra, diríamos que el antagonista de Liuba Andreyevna es Ermolai Lopajin, nieto e hijo de siervos de la casa. Se crió en la finca con todas las carencias. No podía pasar ni siquiera a la cocina de la casa. Con los años, con ambición y esfuerzo se ha convertido en hombre de negocios. Solo piensa en ellos, ni siquiera en el noviazgo y matrimonio que tiene al alcance de la mano. Es el encargado de convencer a la terrateniente de que venda la casa y la finca antes de que, en pocos días, sea subastada al no haber pagado los intereses de deudas acumuladas. Esfuerzo inútil. Liuba y Gaev no se niegan pero no ven (o no quieren ver) el problema. Ese lote será subastado y él participa en la solución final para el latifundio. En su reacción de risas y llantos se mezclan el orgullo herido y reivindicado, el recuerdo de sus predecesores muertos, la alegría de aumentar su fortuna. Lopajin representa el capitalismo que avanza sin parar. Pero en un rasgo de cortesía pedirá a los leñadores que no obren mientras Liuba permanezca en la casa. Con buen criterio, este montaje sustituye los hachazos por el fuego pues para edificar sobre lo que ha sido un jardín con árboles, la mejor medida es quemarlo. Lopajin no puede adivinar que, en pocos años, el comunismo también acabará con ese capitalismo que lo ha encumbrado.

                                             


   No es una obra de acciones. Es un escaparate de emociones. Cuando las conversaciones de los personajes parecen entrar en temas personales y sociales importantes, se producen silencios y los diálogos derivan hacia temas baladíes sobre la Naturaleza, los pájaros, los bailes, los juegos, los conciertos, la moda parisina, los matrimonios, etc. Esa evasión de la realidad se ve crudamente en una institutriz cuyas habilidades no parecen ser las de la cultura y la formación sino en realizar ejercicios de magia. Otro personaje dislocado. Igualmente, Trofimov, el estudiante que lleva veinte años sin acabar la carrera. Todo es absurdo, casi esperpéntico, en este mundo. 

                                                    


   Esta obra de Chejov contiene lecturas actuales desde dos puntos de vista: el ecológico, que defiende la conservación del jardín como símbolo de la naturaleza renovada cada año y el consumista de una burguesía a ultranza. Pero también el de un socialismo y un comunismo que, con el tiempo, devienen capitalistas de partido único.

                                                       



   Liuba está interpretada por Carmen Conesa, demostrando una vez más que es una primera actriz, versátil (viene de trabajar en Cabaret), que convierte en “verdad escénica” un texto, que canta o que toca el piano con total soltura. Chema León hace un Lopajin contenido, ambicioso, que desahoga su entusiasmo y se contiene según requiere el momento. Markos Marín encarna a ese Gael indolente y vago que será siempre un fracasado. Hoy lo llamarámos un “pijo” metido en años. No llegará lejos en un banco parisino. Varia, la hija adoptiva de los propietarios (tal vez hija natural del marido), quedó al frente de la finca, pero fracasados los intentos de casarla con Lopajin, habrá de abrirse al mundo exterior. Muy bien encarnada por Marta Poveda. Elena Izquierdo aporta ingenuidad, ternura e inocencia a Anya. El viejo lacayo Firs (al que da vida Chema de Miguel) representa esa servidumbre fiel, desvelándose por todo hasta la muerte en medio del olvido de sus amos. El resto del elenco demuestra el cuidado con que Pérez de la Fuente selecciona a los actores.

                                                 


 

   Ignacio García May, autor teatral consagrado y experto en versiones de otros autores, ha llevado a cabo un texto absolutamente precioso.

   La escenografía, diseñada por el propio Pérez de la Fuente con Isi Ponce, para un escenario amplísimo pero con escasa altura y que, por tanto, permite pocas subidas y bajadas de elementos, ha sido resuelta de un modo muy brillante, como de un cinemascope casi operístico. En algo me recordó a La Traviata (1982), película de Franco Zefirelli. Algunos ejemplos, el tren impreso en el telón de boca que no solo alude al que trae personajes de la obra sino metáfora de la vida misma, la librería del cuarto de los niños ha sido sustituida por un viejo teatrito de los que fueron tan frecuentes en casas señoriales de otro tiempo.

                                                   


 Las mutaciones de espacios, tanto abiertos como cerrados, se resuelven con gasas impresas, tejido frágil, ambiguo, etéreo, sugerente (la escena del baile dentro de un gran cilindro), como la misma vida de los personajes. La traslación de algunos personajes al patio de butacas aproxima el conflicto al espectador.

   El diseño de iluminación corresponde a José Manuel Guerra. Y con solo este nombre ya está dicho todo lo que tiene de variedad de matices, subrayando los espacios (dentro y fuera del escenario), las horas, las emociones. El diseño de vestuario (Rosa García Andújar) se adapta tal que un guante a cada personaje.

   Como un director de orquesta Pérez de la Fuente ha llevado a término con esfuerzo, conocimiento, respeto y entusiasmo este “concierto” teatral que merece la pena presenciar.

                                               


 Cuadros  de Alexandra Exter (1882-1949), artista ucraniano-rusa.

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